Mi primera cita con Murakami: De qué habla cuando habla de escribir
Mi última cita habÃa sido con Bukowski, meses atrás. No obstante, sabÃa que este encuentro iba a ser diferente porque, si bien el señor Murakami no se habÃa librado de la polémica, su estilo nada tenÃa que ver con el del rey de la poesÃa nacida del matrimonio del alcohol con la decadencia.
A pesar de que yo era puntual, el autor ya estaba ahÃ, esperándome sentado con una humeante taza de té. Su saludo fue cordial, pero poco expresivo. TenÃa en mente que me hallaba ante un hombre con una cultura muy distinta a la mÃa, que además poseÃa un sentido de la disciplina apabullante, asà que no me sorprendió.
Sin embargo, lo que sà me resultó inesperado fue la naturalidad con la que Murakami comenzó a contarme su historia. Comencé a escribir a los treinta años, me soltó. ¿Cómo? SÃ, no fue hasta después de tres décadas de existencia que uno de los autores más exitosos de los últimos tiempos comenzó su andadura profesional como escritor. Me quedé aún más boquiabierta cuando el japonés afirmó que no habÃa nada en su vida que lo hubiese impulsado en ese camino; es decir, ningún suceso traumático, ninguna guerra ni ningún problema personal habÃan accionado ese botoncito de la inspiración, como le ocurrÃa a muchos otros. Él llevaba una vida anodina, tenÃa un trabajo convencional y vivÃa en feliz matrimonio. Sencillamente siguió un impulso y ¡pum! decidió que aquello de la escritura era algo a lo que se querÃa dedicar. Una prueba de que el destino al final nos lleva a donde él quiere, comenté.
Pero cuidado, señorita, me advirtió. Cumplo una rutina a rajatabla y tengo una devoción por la disciplina que me ha hecho llegar a donde estoy, no se piense usted. Nada de cañitas con los colegas, ni noches de excesos, ni vidas sedentarias de manta y peli. No olvide que esto de la escritura es una carrera de fondo, es meterse en un ring en el que es relativamente fácil entrar, pero lo difÃcil es aguantar los golpes y mantenerse en el tiempo. Todo ello se consigue únicamente con predisposición, con el convencimiento inamovible de que se desea escribir, por encima de todo. Y qué razón tenÃa, pensé, al recordar a todos esos escritores que saborearon el peso de una fama tal vez intensa, pero efÃmera y evaporada.
Murakami siguió contándome con ese tono sopesado pero espontáneo la relatividad de los premios literarios, la soledad del escribir, las fronteras que se traspasan para que tu obra sea leÃda en otros territorios, y hasta se me quejó del sistema educativo en Japón. ¡Qué me dice usted! Cuente, cuente, le insté.
Me aburrÃa en clase y siempre fui un estudiante mediocre, contestó. Encuentro que la educación japonesa solo busca la competitividad, que somos una sociedad inmersa en comernos los unos a los otros demasiado obsesionada con el trabajo. La escuela en mi paÃs no incentiva un aprendizaje auténtico, sino la memorización absurda e inútil.
Ay, si supiese usted que en España ocurre exactamente lo mismo...
Bueno, señor, que nos desviamos, asà que vayamos un poco al morbo, si me lo permite. ¿Por qué es usted un autor tan polémico? ¿Por qué le han llovido tantas crÃticas como alabanzas?
Me respondió que, aunque muchos de sus detractores eran injustos y no estaba de acuerdo con sus opiniones, intentaba siempre sacar lo positivo de las mismas. Pero, ya le digo, la mayorÃa de las veces me resbalan sus comentarios, y hago lo contrario a lo que me dicen.
Aquel ramalazo de rebeldÃa no dejó de sorprenderme.
Ya por la ventana de la cafeterÃa se veÃa morir el dÃa. Disculpe, pero tengo que marcharme ya. Mañana madrugo para escribir, como podrá imaginarse, comentó, levantándose de su silla.
Antes de despedirnos, señor Murakami, ¿podrÃa recomendarme por cuál de sus novelas empezar?
¿Que no ha leÃdo usted ninguna de mis obras? No. Pues mire, casualmente llevo en mi mochila algo que podrÃa interesarle, dijo mientras sacaba un libro envuelto en un papel oscuro. Es un regalo, pero, por favor, no lo abra hasta llegar a casa. Cuando la lea, ya me comentará qué le parece. Hasta otra, ha sido un placer.
Lo vi alejarse con pasos silenciosos, como un gato, rodado de ese halo de misterio que tanto lo caracteriza. Me habÃa caÃdo bien y el detalle del libro me agradó. Rasgué el envoltorio, y dentro estaba su obra...
Pero cuidado, señorita, me advirtió. Cumplo una rutina a rajatabla y tengo una devoción por la disciplina que me ha hecho llegar a donde estoy, no se piense usted. Nada de cañitas con los colegas, ni noches de excesos, ni vidas sedentarias de manta y peli. No olvide que esto de la escritura es una carrera de fondo, es meterse en un ring en el que es relativamente fácil entrar, pero lo difÃcil es aguantar los golpes y mantenerse en el tiempo. Todo ello se consigue únicamente con predisposición, con el convencimiento inamovible de que se desea escribir, por encima de todo. Y qué razón tenÃa, pensé, al recordar a todos esos escritores que saborearon el peso de una fama tal vez intensa, pero efÃmera y evaporada.
Murakami siguió contándome con ese tono sopesado pero espontáneo la relatividad de los premios literarios, la soledad del escribir, las fronteras que se traspasan para que tu obra sea leÃda en otros territorios, y hasta se me quejó del sistema educativo en Japón. ¡Qué me dice usted! Cuente, cuente, le insté.
Me aburrÃa en clase y siempre fui un estudiante mediocre, contestó. Encuentro que la educación japonesa solo busca la competitividad, que somos una sociedad inmersa en comernos los unos a los otros demasiado obsesionada con el trabajo. La escuela en mi paÃs no incentiva un aprendizaje auténtico, sino la memorización absurda e inútil.
Ay, si supiese usted que en España ocurre exactamente lo mismo...
Bueno, señor, que nos desviamos, asà que vayamos un poco al morbo, si me lo permite. ¿Por qué es usted un autor tan polémico? ¿Por qué le han llovido tantas crÃticas como alabanzas?
Me respondió que, aunque muchos de sus detractores eran injustos y no estaba de acuerdo con sus opiniones, intentaba siempre sacar lo positivo de las mismas. Pero, ya le digo, la mayorÃa de las veces me resbalan sus comentarios, y hago lo contrario a lo que me dicen.
Aquel ramalazo de rebeldÃa no dejó de sorprenderme.
Ya por la ventana de la cafeterÃa se veÃa morir el dÃa. Disculpe, pero tengo que marcharme ya. Mañana madrugo para escribir, como podrá imaginarse, comentó, levantándose de su silla.
Antes de despedirnos, señor Murakami, ¿podrÃa recomendarme por cuál de sus novelas empezar?
¿Que no ha leÃdo usted ninguna de mis obras? No. Pues mire, casualmente llevo en mi mochila algo que podrÃa interesarle, dijo mientras sacaba un libro envuelto en un papel oscuro. Es un regalo, pero, por favor, no lo abra hasta llegar a casa. Cuando la lea, ya me comentará qué le parece. Hasta otra, ha sido un placer.
Lo vi alejarse con pasos silenciosos, como un gato, rodado de ese halo de misterio que tanto lo caracteriza. Me habÃa caÃdo bien y el detalle del libro me agradó. Rasgué el envoltorio, y dentro estaba su obra...





