Singularidade
Mensaje de domingo: Montañas rusas
Estás a la cola de la atracción, muerta de nervios. Mientras tu corazón late más rápido de lo que deberÃa, intentas disimular tu ansiedad. No quieres dar marcha atrás, ya queda menos para subirte, asà que no es momento de mostrar cobardÃa. Pero, dios, ves la altura de esa montaña rusa, sus curvas retorcidas, sus subidas y bajadas que desmelenan a los pasajeros y arrastra sus gritos con velocidad vertiginosa, y piensas con cierta histeria: ¿pero qué hago yo aquÃ?
Mientras reflexionas aturullada sobre tu estúpido masoquismo, llega tu turno. Dios, dios, dios, que allá vamos. Te sientas y esperas a que vengan a ponerte el cinturón, a que te aten a una seguridad que, muy en el fondo, sabes que no es completa. Algo malo podrÃa pasar, como siempre. Tu corazón aceleradÃsimo espera el momento en el que la atracción se ponga en marcha, para latir aún con más fuerza. Y tu cabeza grita qué cómo se te ocurre haber subido aquÃ.
El traqueteo no engaña, ya avanzas hacia adelante por un trayecto de incontenible rapidez. El viento te escupe en la cara con fuerza, se te seca la garganta, y tras el grito de terror, la adrenalina te hace callar para ocupar todas tus sensaciones. Y justo cuando el miedo pasa, empiezas a sentir que lo estás disfrutando. Que lo pasas genial allá arriba, muerta de risa, histeria, diversión y terror.
Cuando llega el final y tu cuerpo recupera la calma, aliviado de no sentir tantas emociones a la vez, te sientes extrañamente satisfecha, porque te atreviste a hacerlo. Venciste el miedo al miedo.
Y, como lo has logrado, ahora quieres volver ahà arriba, otra vez.
La lengua que puso a Chomsky en un apuro
Imagina que eres un misionero en la Amazonia brasileña que tiene como principal objetivo la conversión al cristianismo de una tribu indÃgena.
Imagina que convives con los Pirahã, una tribu ancestral que carece de números, términos para referirse al pasado, o mitos de creación de cualquier tipo.
Imagina ahora que, tras mucho esfuerzo y años de dedicación aprendes su compleja lengua y comienzas a entender tantas cosas de su cultura y su forma de ver la vida, que abandonas todas tus creencias religiosas y personales para siempre.
Y por último, imagina que descubres algo tan revolucionario en esta lengua, que puede cambiar las teorÃas sobre el lenguaje humano para siempre.
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| Noam Chomsky |
Esto fue, exactamente, lo que le pasó al lingüista Daniel Everett cuando se marchó en los años 70 con su familia con la principal intención de traducir la Biblia para la gente pirahã.
Sin embargo, Daniel no solo encontró obstáculos en el aprendizaje de su complejo idioma, sino también en la evangelización de este pueblo que durante siglos ha rechazado cualquier intento de colonización cultural.
Los Pirahã no creen en nada que no puedan ver con sus propios ojos. Nada de ningún Dios omnipresente, nada de preocupaciones que no vayan más allá de la experiencia inmediata. No quieren nada que no les sea útil para su estilo de vida y su forma de ver el mundo o para relacionarse de forma directa con los demás.
Everett, a parte de afirmar que en esta tribu se encuentran los seres más felices que ha conocido nunca, también asegura que su lengua no posee recursividad, o sea la capacidad para insertar frases dentro de otras frases (El hombre que atrapó al pez era alto).
Para los que no estéis muy metidos en materia, Noam Chomsky, padre de la lingüÃstica moderna, fue el impulsor de una teorÃa casi sagrada que afirmaba que, precisamente, es la recursividad un elemento presente en todas las lenguas del mundo (gramática universal).
Pero, tras las apreciaciones de Everett y su sospecha de que tal vez el pirahã no respondiese a ese rasgo obligatorio universal, se crearon ciertas fisuras en las teorÃas de Chomsky que llevaron a turbulentas polémicas en el mundo intelectual, creando una vez más la eterna discusión del mundo cientÃfico sobre quién tiene la razón.
A pesar de que es muy difÃcil posicionarse al respecto, creo que los argumentos de Everett resultan realmente contundentes. En mi opinión, establecer una regla única para describir la comunicación humana me parece un tanto simplista, y creo que serÃa necesario abrir un poco más nuestro entendimiento del lenguaje en ese sentido.
Además, también es de interés la perspectiva que muestra Everett acerca de las concepciones sobre las culturas primitivas, los estilos de vida, y sobre todo lo que consideramos necesario e importante como comunidad.
En su libro No duermas, hay serpientes, el autor nos habla acerca de su experiencia, de cómo poco a poco se fue introduciendo más en una cultura que terminó por fascinarlo y romper todos sus esquemas vitales. Junto a estas reflexiones, Everett también ofrece una aproximación teórica sobre todos los aspectos lingüÃsticos que podrÃan convertir al pirahã en una lengua única.
Asà que si os interesa el tema y queréis profundizar en esta peculiar historia, os invito a adentraros en en esta interesante lectura. Y a los que os vaya más lo audiovisual, también existe un documental muy recomendable disponible aquÃ.
Sin embargo, Daniel no solo encontró obstáculos en el aprendizaje de su complejo idioma, sino también en la evangelización de este pueblo que durante siglos ha rechazado cualquier intento de colonización cultural.
Los Pirahã no creen en nada que no puedan ver con sus propios ojos. Nada de ningún Dios omnipresente, nada de preocupaciones que no vayan más allá de la experiencia inmediata. No quieren nada que no les sea útil para su estilo de vida y su forma de ver el mundo o para relacionarse de forma directa con los demás.
Everett, a parte de afirmar que en esta tribu se encuentran los seres más felices que ha conocido nunca, también asegura que su lengua no posee recursividad, o sea la capacidad para insertar frases dentro de otras frases (El hombre que atrapó al pez era alto).
Para los que no estéis muy metidos en materia, Noam Chomsky, padre de la lingüÃstica moderna, fue el impulsor de una teorÃa casi sagrada que afirmaba que, precisamente, es la recursividad un elemento presente en todas las lenguas del mundo (gramática universal).
Pero, tras las apreciaciones de Everett y su sospecha de que tal vez el pirahã no respondiese a ese rasgo obligatorio universal, se crearon ciertas fisuras en las teorÃas de Chomsky que llevaron a turbulentas polémicas en el mundo intelectual, creando una vez más la eterna discusión del mundo cientÃfico sobre quién tiene la razón.
A pesar de que es muy difÃcil posicionarse al respecto, creo que los argumentos de Everett resultan realmente contundentes. En mi opinión, establecer una regla única para describir la comunicación humana me parece un tanto simplista, y creo que serÃa necesario abrir un poco más nuestro entendimiento del lenguaje en ese sentido.
Además, también es de interés la perspectiva que muestra Everett acerca de las concepciones sobre las culturas primitivas, los estilos de vida, y sobre todo lo que consideramos necesario e importante como comunidad.
En su libro No duermas, hay serpientes, el autor nos habla acerca de su experiencia, de cómo poco a poco se fue introduciendo más en una cultura que terminó por fascinarlo y romper todos sus esquemas vitales. Junto a estas reflexiones, Everett también ofrece una aproximación teórica sobre todos los aspectos lingüÃsticos que podrÃan convertir al pirahã en una lengua única.
Asà que si os interesa el tema y queréis profundizar en esta peculiar historia, os invito a adentraros en en esta interesante lectura. Y a los que os vaya más lo audiovisual, también existe un documental muy recomendable disponible aquÃ.
"Los pirahã no tienen el concepto de un dios supremo, de un dios creador. Tienen espÃritus individuales a los que creen haber vistoy y seguir viendo periódicamente. Pueden llamar espÃritu a un jaguar o a un árbol, según las propiedades que presente. En realidad, la palabra "espÃritu" no significa lo mismo para ellos que para nosotros, y todo cuanto se dice debe comprobarse empÃricamente."
Mensaje de domingo: procrastinación
Afuera el dÃa te invita a un paseo a pie o en bicicleta. Pero tomar el aire no te llama hoy especialmente la atención.
Tal vez tengas también que preparar un examen, una presentación o ponerte al dÃa para tu rutina laboral de mañana, lunes. Pero en tu cama estás tan bien, acurrucada en la mantita, dejando el tiempo pasar adrede mientras tu sentido de la responsabilidad te canta las cuarenta.
Mientras, tú lo haces callar subiendo el volumen de la televisión, pulsando una vez más el botón endemoniado del "Nuevas historias" facebookianas o postergando esos cinco minutos de la alarma hasta contar 1, 2, 3 horas que te has pasado echando esa bendita siesta.
Tu gata te mira desde los pies de la cama, pues conoce muy bien esa sensación, y te felicita por hacer uso de esa gratificante manÃa tuya de dejar para después lo que hoy te da pereza hacer.
Procrastinación.
Prefiero 1000 trabajos a un examen
No, lógicamente no quiero 1000 trabajos, pero tú ya me entiendes.
Si has llegado hasta aquÃ, podrás imaginarte que esta entrada tiene como objetivo una diatriba (acción conocida como "poner a parir" en la forma coloquial) a los exámenes. Ergo, te toca aguantar a una post-universitaria quejarse por la "cuesta de enero" particular que los estudiantes sufrimos, de la que no se habla tanto en los telediarios.
Porque a estas alturas, después de haber terminado una carrera no sin tropezones, decepciones y alegrÃas, y estar cursando un máster en el que afortunadamente solo tengo una prueba escrita, puedo afirmar con total seguridad que los exámenes, de forma general, no sirven para (casi) nada.
He aprendido más con los trabajos de investigación o redacción que me han mandado hasta ahora que los tropecientos mil exámenes a los que me he presentado en toda mi vida.
Y es que cuando se trata de aplanar el culo en una silla, prefiero hacerlo mientras tecleo y me devano los sesos redactando y escribiendo para elaborar un comentario crÃtico, describir una teorÃa o parafrasear los párrafos de la Wikipedia -no intentéis esto en casa, niños y niñas-, en lugar de estar mirando pasmada las nebulosas cósmicas que me provoca el aburrimiento de tener que chaparme a rajatabla una serie de conceptos que solo memorizaré para un examen. En lo que escriba el punto y final en el papel, todo quedará relegado al miserable olvido del ¿y esto cuándo lo estudié yo?
SÃ, es la vieja historia de nuestro sistema educativo y de esta manÃa que le han cogido a hacer que se nos atragante el Roscón de Reyes con los apuntes de fÃsica cuántica, phrasal verbs, derecho romano o la TeorÃa de la Madre que los parió.
Insisto en que no solo aprendo más con trabajos, sino que hasta me lo paso mejor.
Bueno, tampoco te creas que monto una fiesta, pero lo que sà es verdad es que no hay nada como ver que, antes o después, el papel se va llenado de letritas, que vas progresando gracias al esfuerzo de ir sacando tus propias ideas y de buscar argumentos para respaldarlas. Y sÃ, mira que hay trabajos tostonazo, poco guays, y puede que con algunos tampoco aprendas nada de provecho.
Pero, aún asÃ, los prefiero a esa frustración que experimentas cuando llevas tres dÃas atascada en esa página tan difÃcil de memorizar que hasta empiezas a dudar de si no serás en realidad un burro redomado al que todo este tiempo han aprobado por suerte o pena.
Porque, básicamente, un examen parece estar destinado a hacerte pensar asÃ, a convertirte en un burro experto en recitar palabrerÃa inútil que solo te servirá para el momento y el lugar de la prueba. Y luego, a otra cosa mariposa, hasta la próxima temporada de enclaustramiento donde las bibliotecas se convierten en los sitios más parecidos a un manicomio que te puedas imaginar.
Me retiro ya, que tengo que guardar fuerzas neuronales para aprenderme un montón de cosas que olvidar.
Ya no escribo diarios
Antes solÃa escribir absolutamente todo en diarios personales. TenÃa casi una obsesión malsana por archivar la memoria para que ni el más mÃnimo detalle de mi vida se perdiese. En realidad, tenÃa tantas obsesiones y tanta nebulosa atormentando mi cabeza, que creo que escribir todo lo que me ocurrÃa era una forma de dejar en el papel parte de ese dolor adolescente. Encontraba una especie de antÃdoto en todos esos cuadernos que manché con tinta y no pocas lágrimas.
Y esto lo recuerdo porque, cada 1 de enero, comenzaba con ilusión una nueva y reluciente libreta que escucharÃa con paciencia y devoción las vicisitudes de mi vida, ya fuesen tremendamente emocionantes o increÃblemente aburridas.
Después de varios años, acumulo todos esos diarios de la desesperación y la alegrÃa en cajas y alguna que otra estanterÃa. No los leo con frecuencia, he de decir, tal vez por miedo o porque poco o nada me identifico ya con la persona que los escribió.
Y esto se debe a que ya no los necesito como antes. Dicen que quien escribe, lo hace muchas veces para calmar algún dolor (de ahà lo de "antÃdoto" del primer párrafo) o porque tiene la necesidad de calmar un egocentrismo mal curado. El caso es que, por fortuna, ya mis años nuevos no comienzan en una página en blanco, al menos no literalmente. Y creo, sin dudas, que eso indica algo bueno.
Ya no escribo en diarios, porque ya no duele. Aquellos lápices sin punta, aquellos bolÃgrafos sin tinta y aquellas libretas de páginas arrugadas ahora son solo un ejemplo de que, como afirma el dicho, no hay mal que cien años dure.
Desde hace ya bastante, voy anotando todo en mi memoria, con tinta invisible, para ejercitarla. La mano que escribÃa ya me protestaba tanto, que decidà jubilarla por tiempo indefinido.
Y ahora sÃ, feliz año nuevo.
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