Ardiente secreto
<<Que no, que no lo intentes, ya sabemos lo que hay, ya sabemos de qué nos vas a hablar porque muchos de nosotros ya sabemos quién es Stefan Zweig y de qué va Ardiente secreto, que por cierto nos ha encantado>>.
Vale, vale, está bien. Lo pillo. No vengo a contar nada nuevo, no vengo a presentar a un autor del que nadie haya oído hablar, no vengo a desvelar ningún ardiente secreto. Y posiblemente mi opinión al respecto de esta lectura resulte igualmente predecible... pero lo siento, si no cumplo con mi impulso de reseñar y comentar, ¡mi vida perdería parte de su sentido!
Debo confesar, antes de nada, que Stefan Zweig es uno de esos escritores que respeto, admiro, disfruto... y envidio. Sí, lo envidio, lo envidio con ese sentimiento oscuro y mezquino que todos alguna vez hemos experimentado. Y es que, ¿por qué este hombre tiene que ser siempre tan perfecto? ¿Por qué de todo lo que escribe, por pequeño, cotidiano o insulso que sea tiene que fabricar una pequeña joya, una maravilla en miniatura? ¿Quién se ha creído para tener ese don, ese súperpoder que lo hace único?







